Del juego bullicioso a una noche tranquila: cómo hacer la transición

Ilustración de un paisaje

Hay tardes en las que los niños corren, gritan y saltan hasta el último momento, y de pronto se supone que deben estar tranquilos, con el pijama puesto y el cuento en la mano. Ese cambio brusco no resulta fácil para nadie. Por eso ayuda pensar en el paso del juego a la calma como una pequeña rampa, con tramos suaves que llevan poco a poco de un estado a otro.

Avisa con tiempo. Un rato antes de que termine el juego, anuncia que se acerca el final. Puedes decir que quedan dos rondas más o que, cuando suene la canción, se recoge todo. El niño necesita unos instantes para prepararse. Un aviso amistoso y una señal clara evitan muchas protestas en el último momento, y el juego termina con una sonrisa en lugar de con un enfado.

Una rampa hacia la calma

Baja la energía poco a poco con juegos intermedios. Después de correr, proponed caminar como gatos, luego como tortugas, y por último como si fuerais sombras silenciosas. Una estatua que se queda quieta, un juego de susurros o una carrera en cámara lenta funcionan muy bien. El niño sigue jugando, pero con un ritmo cada vez más suave, y sin darse cuenta llega a un estado más tranquilo.

Recoged juntos los juguetes, con música suave. Un vaso de agua, un lavado de manos y cara, y luego la luz baja en el salón. Cambia el tono de tu voz: habla más despacio y más bajo. Los niños suelen imitar el volumen de los adultos, así que si tú bajas la voz, ellos también lo harán. Apaga las pantallas y evita los estímulos fuertes en esta fase.

Algunas noches no funcionará, y no pasa nada. El niño estará demasiado excitado o demasiado cansado, y tocará tener paciencia. No te enfades: repite los pasos con calma, con la misma voz, y deja que el ritmo vuelva. Con el tiempo, el niño reconocerá la secuencia y empezará a bajar solo la energía cuando note que se acerca la hora. Esa rampa es una rutina más, tan válida como cualquier otra.