Cuando llueve y los planes de salir se caen, hay una manera de convertir la tarde en una fiesta: un picnic en el suelo del salón. Se extiende una manta grande, se prepara una cesta con cosas sencillas y se cierran las cortinas. Los niños lo ven como una aventura, y los adultos descubren que a veces basta muy poco para cambiar el ánimo de toda la casa.
La comida no tiene que ser elaborada. Bocadillos, fruta cortada, queso, tortilla en trozos, palitos de zanahoria y algo dulce para el final. Todo lo que se pueda comer con las manos es ideal. Que los niños ayuden a preparar la cesta y elijan qué va dentro. Y si prefieres evitar las migas, extiende un mantel debajo de la manta y ten a mano un trapo húmedo.
Sentarse en el suelo, hablar bajito
Baja las luces y enciende una lámpara pequeña. Si tienes una linterna, ponla boca arriba en el centro, como si fuera una hoguera de mentira. Apaga la televisión y guarda los móviles. Con el ruido de la lluvia de fondo, la conversación surge sola: qué has visto hoy, qué te gustaría hacer mañana, qué historia quieres inventar. Las noches de lluvia tienen algo especial que invita a la charla.
Después de comer, se pueden leer cuentos, jugar a las cartas o hacer sombras con las manos. Todo debe ser tranquilo, porque el picnic es una forma de acabar el día con calma. Deja que los niños decidan qué hacer, dentro de lo razonable. Si alguien se queda dormido sobre la manta, tápalo y déjalo un rato, antes de llevarlo a su cama.
Para terminar, recoged juntos: los platos, las migas, la manta. Es la última tarea de la noche, y cuanto más se haga entre todos, más rápido termina. Luego, el ritual de siempre: dientes, pijama, cuento y a la cama. El picnic se convierte así en un recuerdo agradable de una noche de lluvia, y quizá pidan repetirlo cuando el cielo vuelva a ponerse gris, con la misma manta y la misma cesta.